Recuerdo mi angustia cuando Baltasar Garzón, juez instructor de la Audiencia Nacional, solicitó una excedencia. De hecho, en alguna ocasión he pedido por su vuelta. Sin embargo, su sustituto este tiempo, Fernando Grande-Marlaska (eh, ¡yo quiero tener apellidos tan curiosos!), ha resultado un digno valedor del puesto. Por suerte, mis temores no se han confirmado, la Audiencia Nacional no ha cedido al chantaje.
A pesar de la ingerencia continua y opresiva del poder ejecutivo, es decir, de nuestro estimado gobierno del PSOE, en las decisiones judiciales, Grande-Marlaska se ha sabido mantener firme en sus planteamientos, recto en la obediencia a lo que deberían ser textos sagrados para los jueces, esto es, las leyes. Durante este tiempo hemos tenido que contemplar con decepción y rabia cómo la Fiscalia, atada irremediablemente al signo político del momento, solicita, poco mas o menos, que no se vuelva a encarcelar a ningún miembro más de ETA.
No me importan las motivaciones personales de Grande-Marlaska, no sé si toma sus decisiones basándose en su formación, su moral, o si simplemente quiere ser un “juez superstar”. El caso es que desde mi punto de vista, hace lo-que-es-correcto ™, y eso es lo que al final importa. Por eso yo digo: en este país no hace falta un Grande-Marlaska. Hacen falta mil.
Y al final, la clave es, ¿por qué al PSOE ahora le molestan tanto las decisiones de Grande-Marlaska?. ¿De verdad podemos tener un gobierno al que le parezca mal que se encarcelen etarras?. ¿A dónde vamos a llegar?.

