25/09/2006

Gentes y lugares del mundo

Se ha escrito mucho sobre el tema del que voy a hablar y casi siempre utilizando los mismos argumentos, que supongo que serán los que yo utilizaré en este escrito, pero la verdad es que estoy harto de que se me intente imponer una utilización errónea del idioma que más quiero y que mejor conozco.

Cada poco tiempo, por desgracia, tengo una discusión con alguien, bien en persona o a través de Internet, sobre el uso de determinados topónimos: Gerona, La Coruña, Orense o Cataluña son los más frecuentes. Soy una persona que prefiere expresarse de forma correcta y por eso utilizo, cuando existe, la versión traducida a mi idioma, el castellano. Sin embargo esto, por alguna extraña razón, parece carcomerle las entrañas a los nacionalistas de las regiones aludidas, así como también a personas que se consideran de izquierdas en cualquier otra parte de España. Se ponen verdes y mencionan iracundos “nombres oficiales” establecidos por los entes de gobierno de los lugares citados. Deben pensar que Munich, por poner un ejemplo cualquiera (¡fuera del típico de Londres/London!) realmente se llama así en vez de “München”. Además, si sólo se pudiesen utilizar los topónimos oficiales no seríamos capaces de pronunciar ni siquiera la mitad de los lugares del mundo. Si alguien se aburre, que busque cómo es el nombre oficial de Bangkok.

Yo, por otro lado, respeto a las personas que utilizando otro idioma (vasco, catalán o gallego) utilizan los nombres traducidos a sus respectivas lenguas. Los catalanes le llaman “Saragossa” a Zaragoza, y los vascos utilizan “Gaztela eta Leon” para referirse a Castilla y León. Lo veo normal y entendible, y no me meto en la normativa de sus propios idiomas, pues no son el mío. Sin embargo, ¿por qué tengo yo que permitir que me digan cómo he de hablar mi idioma los usuarios de otro distinto al mío, o al menos sus líderes políticos?. Se discute mucho sobre si nuestro idioma lo deben crear los que lo hablan, la Real Academia, o un adecuado equilibrio entre ambos. Yo soy de la última opinión. No obstante, no permitiríamos que un francés o un inglés nos dijesen cómo hemos de llamar a las cosas, modificando nuestras costumbres y tradición. ¿Por qué hemos de ceder entonces al chantaje nacionalista?. Tristemente, la mayoría de medios, sin importar si son televisión, radio o prensa, sí que lo han hecho, y ya es raro escuchar o leer unas noticias sin encontrarse incomprensibles mezclas de idiomas.

Otras personas, al escuchar las analogías con el francés o el alemán, cargados de triunfalismo, dicen que comparar con esos idiomas significa también equiparar la situación de sus propios territorios con la de estado autónomo en la que se constituyen Francia o Alemania. “Es como si ya fuésemos independientes”, declaman. Y yo digo, ¿qué tiene que ver el idioma con el estado?. Hay muchos estados en el mundo que tienen varios idiomas oficiales (Suiza o Canadá, por ejemplo) o que sólo tienen uno pero coincide con el de otro país (Estados Unidos, por citar alguno). Desde luego, es innegable que hay una cierta relación, pero como hemos visto, no se cumple siempre de forma unívoca.

Para seguir con el asunto, mencionaremos lo de los cargos. Estamos acostumbrados a oír hablar de “el President Maragall” o “un Conselleiro de la Xunta” (espero haberlo escrito todo bien, me disculpen catalanes y gallegos que me puedan leer). Si yo mañana me pusiese a decir que el “President” Bush se ha reunido con el “Prime Minister” del Reino Unido (¡o del United Kingdom, mejor!), Tony Blair, antes de una reunión de la “House of Commons” (esto último es la Cámara de los Comunes, por si no queda claro) todo el mundo pensaría que soy un poco tonto y que hablo mi idioma fatal. Sin embargo, los casos que dije anteriormente no sólo se admiten, sino que se alientan y se tilda de fascista a quien no los utilice.

Sobre los nombres no existe una regla clara. Sin lugar a duda, los nombres de los reyes o miembros de las familias reales sí que se traducen. Por eso hablamos de Carlos de Inglaterra o Luis XVI. También se han traducido algunos nombres de la historia (Nicolás Copérnico, Tomás Moro o Juan Calvino, entre otros), incluyendo en ocasiones hasta el apellido, pero otros no (William Shakespeare o Galileo Galilei). Sin embargo, los nombres actuales no se traducen, como en el caso de los ya citados Tony Blair o George Bush. No abundaré por tanto en el tema, me parece adecuado su tratamiento actual.

Finalmente, me parece que nada va a cambiar y que realmente vamos a seguir por el derrotero habitual en este asunto. Donde pone “Girona” ya no hay quien vuelva a poner Gerona, y donde se habla del “Conseller en Cap” nadie va a ser capaz de cambiarlo por su forma correcta (si se está hablando castellano, claro). Por cierto, todo esto viene a raíz de la n-ésima discusión sobre el tema en Barrapunto. Así que supongo que, por decir las cosas como son, me merezco un: -1, troll.