Advertencia: esta entrada contiene lenguaje vulgar y obsceno, pero he considerado necesario utilizarlo para ilustrar lo que en ella cuento.
Desde hace tiempo conozco las cosas que pueden ver nuestros hijos (bueno, yo aún no tengo) en la televisión todas las tardes, pero lo que acabo de ver hace un rato en eso que llaman “el tomate” me parece aberrante en grado sumo.
Cariacontecido he asistido a la narración de una actriz porno en la que contaba cara a la cámara, además de enseñar su muy nutrida y aireada delantera, que puede sacarse 20 (o número similar) metros de cadena metálica del coño, lanzar dardos o pelotas de ping pong con él o incluso, llenándoselo de leche o tinta (supongo que no venenosa), escribir o firmar. Después han salido unas apasionantes escenas de la tal Lucia Lapiedra comiendo pollas y chupando tetas, así como de su “doble”, que también mantenía actitudes similares en otros cortes de películas. Finalmente, hemos podido contemplar a Mercedes Milá paseando por pasillos llenos de consoladores, vibradores y demás artículos de estimulación sexual.
Una cosa es huir de los tabúes excesivos que sólo hacen daño a largo plazo y otra es esto, que parece la televisión por la tarde el canal Playboy. Tampoco soy partidario de la “televisión canguro”, es decir, de dejar a los niños ahí tragando lo que sea sin ninguna supervisión paterna. Pero es que se ponga lo que se ponga sólo se ven tetas, culos, pollas y coños, joder. Y sí, eso también, joder.
Yo cuando era niño recuerdo llegar del colegio y ver dibujos, no a unos “grandes hermanos” copulando debajo un edredón blanco.

