Hace unos dÃas leà una carta en El Mundo, en la edición impresa, que hasta donde yo sé ha pasado mayormente desapercibida. La misiva en cuestión estaba escrita por una madre cuyos hijos van a un colegio público en Cataluña. Como todo buen centro de enseñanza de aquella tierra, salvo los privados, la enseñanza, asà como las comunicaciones con los padres, se realiza exclusivamente en catalán, salvando la asignatura de Lengua Castellana, a la que no le faltan por cierto enemigos. Pues bien, la buena mujer narraba sorprendida cómo al recoger un dÃa su correo se encontró con una carta del colegio escrita únicamente en castellano, o español (a gusto del lector). “¿Estarán borrachos?”, debió pensar la impresionada madre, “¿cómo es ésto posible si hasta ahora todas las cartas y documentos, incluyendo notas, folletos de fiestas, información de todo tipo a los padres, etc, han estado solamente en catalán?”. No obstante, tras unos momentos de lectura, pudo comprobar cuán mezquino puede llegar a ser el género humano, pues el tema del que trataba la comunicación no era otro sino la proliferación de una plaga de piojos en el colegio y las medidas que los padres debÃan tomar para combatirla.
Como muy bien dijo la señora, pocas veces se puede decir tanto sin decirlo explÃcitamente. Y es que al parecer ahora hablar español no es solamente de pobres, sino también de guarros. Acepto de antemano la teorÃa, tantas veces escuchada, de que los piojos no los coge el niño más sucio sino que obedece más bien a la aleatoriedad y reconozco que no soy un experto en el tema y por suerte nunca he sido “bendecido” por esos graciosos animalicos, sin embargo, la sociedad siempre ha asociado los piojos con la inmundicia y sin duda esa era la intención del miserable que redactó la carta en cuestión. Por lo tanto, vaya para él mi más sincero y superlativo desprecio.

