Me salto un semáforo, tiro la basura antes de las 9, robo el televisor a los vecinos, tomo prestado un coche para dar una vuelta, secuestro a un niño y pido rescate, mato a palos a un perro, asesino al del estanco, le prendo fuego a un bosque, me salto la mediana de una autovÃa y hago estrellarse a los coches de enfrente, le sustraigo su arma, de forma disimulada, a un policÃa, atraco una tienda de tresillos y me cargo a tiros a los dependientes, violo a una muchacha de 16 años a la salida de una discoteca, cuelgo fotos de pornografÃa infantil en Internet, violento informáticamente sistemas ajenos, utilizo documentación falsa, tomo rehenes en un avión y lo hago explotar con una bomba, corto los frenos de coches al azar y me divierto viendo a sus conductores estrellarse, enveneno los rÃos vertiendo mercurio y aceite de motor, me deshago de cadáveres cerca de zonas habitadas, opero en los mercados financieros haciendo uso de información privilegiada, echo las bolsas al azar en los contenedores para reciclar, acuchillo repetidamente a mi esposa, tiro piedras desde puentes intentando dar a los vehÃculos que pasan por debajo, apaleo prostitutas, le prendo fuego a mendigos, coloco obstáculos en las carreteras, irrumpo en la facultad blandiendo una motosierra y cercenando unos cuantos miembros, me voy sin pagar de las cafeterÃas…
Bueno, realmente yo no hago todo eso. Pero, si lo hiciese, me cogiesen, me juzgasen y me condenasen, ¿habrÃa miles de personas manifestándose para cuestionar las decisiones judiciales sobre mis delitos? Habrá quien diga, “por supuesto que no, eso serÃa ridÃculo”. Pues cada uno que se aplique el cuento…

