Y es que yo también vivo en eso que se ha dado en llamar “barrio multicultural”. Pero si pudiese no lo haría, pues desde hace unos pocos años para acá (3 o 4), han operado una serie de cambios muy interesantes en mi vecindario y en mi vida, que a continuación relato. Ruego al lector que llegue hasta el final de esta entrada antes de sacar conclusiones apresuradas y dirigirse a impresionante velocidad a la sección de comentarios:
- Las calles están tan sucias que la mierda es ya añeja, está tan agarrada a la acera que no hay forma de despegarla, por mucho que se afanen los minicamiones de limpieza que circulan por ellas. Continuamente aparecen muebles viejos y rotos cerca de los contenedores, así como todo tipo de restos orgánicos (trozos de hígado, fruta podrida, etc) tirados en cualquier parte del barrio.
- A cualquier hora del día o de la noche pasan coches con el motor revolucionado de manera extrema (debe ser que el tamaño del miembro viril va en proporción al ruido que emite su vehículo, o al menos eso deben pensar los ocupantes de los citados automóviles), despertándote o perturbando tu existencia en general.
- Las mañanas se ven amenizadas ahora por “reguetón” a un volumen inconmensurable. La propia cama (y la silla en la que ahora mismo estoy sentado) vibra del volumen desplegado por los aficionados a esa música de ritmo tranquilo y nada machacón. Imagino que no hace falta que mencione que así como comienzan por la mañana, los “pegadizos ritmos” se extienden en ocasiones hasta bien entrada la noche.
- Puedes encontrarte yonkis por el barrio, tanto a pie como en coche (que mantienen arrancado durante horas y horas y que como suele ser un cascajo hace temblar las ventanas con su ralentí), con todo tipo de actitudes, desde preguntarte dónde está la casa donde venden la droga (que por cierto, la policía podía hacer algo de una vez) hasta intentar embaucarte para alejarte de las cámaras del cuartel de la Guardia Civil, que paradójicamente está al lado de mi casa, para intentar robarte lo que llevas encima. Por supuesto, no hay que acceder a sus peticiones, sino que hay que permanecer firme en la convicción de alcanzar la relativa seguridad del hogar. Cada día puede ser una gran aventura, supongo que es la parte positiva.
- Todos los coches que duermen en la calle, que es el caso del mío, tienen que sufrir todo tipo de agravios y desperfectos: desde los típicos rayones “inocentes” hasta los retrovisores arrancados de cuajo, pasando por impactos muy claros de piedras y o canícas (pues los niños también se divierten de lo lindo) o manchas por toda la carrocería de algo tan extraño como moras (al parecer es divertido tirarlas desde las ventanas a los coches). También es otra práctica habitual vaciar los ceniceros hacia la calle desde las casas, con lo que es posible que el coche aparezca cubierto de ceniza y/o colillas. Aunque debo reconocer que lo más raro que me he encontrado ha sido una rodada de bicicleta en el capó. De todas formas al mío de momento no le ha tocado llevarse ningún golpe fuerte, cuyo causante por supuesto se marcha inmediatamente del lugar y no vuelve a aparecer jamás.
- Mientras andas por el barrio se te puede dirigir cualquier persona como si te conociese de toda la vida, con toda confianza (y no me refiero únicamente a los yonkis que he mencionado antes), para cualquier motivo estúpido. Pedir dinero o cualquier tipo de favor del estilo de “vete a tal sitio y dile a tal persona tal cosa” (también hay que negarse a esto) es lo más común, pero a mí me han llegado a parar para decirme que me parezco al primo “del buli”. ¿Pero a mí que cojones me importa si me parezco al primo “del buli” o a su puta madre, hablando rápido y mal?. Yo quiero que la gente me pare para pedirme la hora o preguntarme dónde está una calle, o en todo caso por algún motivo de fuerza mayor, y nada más.
- Frecuentemente se originan peleas o los yonkis la emprenden a puñetazos y patadas contra el mobiliario urbano (contenedores, papeleras, etc) porque están descontentos con la droga que les han dado o con el precio que les han cobrado. También son habituales las discusiones a grito pelado (incluso desgarrado, diría yo), por cualquier idiotez.
- No es demasiado raro encontrase con manchas en la ropa que has tendido limpia horas antes. Muchas se pueden quitar mediante otro lavado, pero algún malnacido ha decidido tirar cosas como lejía o silicona por el patio de mi edificio.
- Muchas otras cosas que ahora mismo se me olvidan pero que forman parte del día a día en esta parte del globo. O al menos en mi barrio.
Y mientras todo esto ocurre, esos políticos que se llenan la boca con las palabras “integración” y “tolerancia”, que viven en los barrios céntricos de la ciudad (que ni que decir tengo que no son “multiculturales”), ¿qué hacen?. Su concepto de “integración” es juntarnos a todos y que nosotros nos entendamos como podamos. Me da igual que me llamen racista o xenófobo, pero si algo tengo bien claro es que si en un tiempo futuro tengo dinero viviré en un barrio completamente “homogéneo”, por decirlo así. Pero ahora vendrán todos los que nunca han “disfrutado” de mi experiencia a tildarme de nazi y ponerme a caer de un burro, o a intentar convencerme de la alegría que transmiten la música y los gritos a todas horas en un vecindario. Que se vengan a vivir aquí, que tengo una cama libre, y luego ya me contarán qué tal.
En fin, ahora me voy a dormir porque en unas pocas horas, ¡toca reguetón! (y no, esto no es el anuncio de la lotería de navidad, es una desgracia que toque). Y cuando ataca no hay quien duerma, el hecho de apoyar la cabeza en la almohada amplifica el sonido aún más, pues su origen está el piso inmediatamente inferior al mío.


